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Sensacional!!!

Fue hace apenas unos días pero pudo ser hoy mismo. Pudo ser en cualquier lugar y con cualquier persona pero fue con él. Caminaba por una de las calles de la ciudad. Su caminar era el lento paso de quién no tiene prisa por llegar a ninguna parte. En el transcurso de mi acercamiento, gira la mirada hacia un lado como si alguien fuera a empujarle. Le acaricio el hombro y le digo: -“Maestro”. Su mirada perdida en la mía denota que algo no va bien. Me sudan las manos, tiemblan mis piernas. Insisto: -Hola Manuel!, cuanto tiempo!, cómo estás? (…) silencio…

A esa hora de la mañana, la calle era un herbidero, propio de uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad. Voces por doquier, charlas sobre los bancos y algún que otro grito hacían de ésa, una mañana propia de la primavera que nos saluda desde bien cerquita ya. Pero en mis oídos el ruído era sordo, lejano, solo la mirada percibía con claridad lo que estaba sucediendo.

Mis preguntas no obtienen repuesta hasta pasados unos segundos cuando una débil voz me despierta del sueño: -Quién eres? No me doy cuenta! -Soy yo Manuel, Javi, el chico del teatro, no recuerdas la cantidad de cafés que tomamos juntos?…

Manuel empezó a comentarme todo lo que recordaba, todas sus equivocaciones y todos sus enemigos. Cada persona que nombraba era alguien que se había portado mal con él. Cada lugar, un puñal en su recuerdo. Pasaban los minutos y seguía sin tener claro quién era yo, aquel amigo que había compartido tantos momentos con él delante de un café…

Me despedí con la humedad en los ojos, como se despide la mañana entre la niebla, como se van los que saben que no regresarán, como se pierde la esperanza entre las noticias que no acompañan…

Manuel había sido la persona que me había devuelto al teatro. Un hombre que un día decidió atornillarse a un escenario, impregnarse de ese olor a madera tan especial y no separarse de él jamás. Sus manías, que le separaron de muchos, no eran más que el mimetismo de un personaje, el mimo con qué preparaba cada escena, el cuidado que tenía en cada papel. Manuel era luz desde la oscuridad del apuntador. Era escena, era carácter, era puro teatro. Por sus manos pasaron grandes de la escena de este país. En su casa durmieron grandes de la escena de este país. En sus palabras siempre la humildad de un gran hombre que quitaba importancia a detalles de ese tipo: -Hacen caca y pis como nosotros, decía siempre ante las risas de todos los que le escuchábamos con atención.

Me despedí con la humedad en los ojos, como se despide la mañana entre la niebla, como se van los que saben que no regresarán, como se pierde la esperanza entre las noticias que no acompañan… Le di un abrazo y me aparté. -Nos veremos Manuel, nos veremos. No respondió. Su mirada clavada en mí sin repuesta era un golpe cada segundo, cada latido.

Cuando me giraba escuché de nuevo esa voz que tantos consejos me había dado: -Neniño, tienes mi teléfono? Llámame! Tengo ahí un papel que te va a encantar, ya verás!. A ver si empiezo de una vez el montaje.
Y sin dudar repitió los nueve dígitos de su número. Manuel no me conocía, pero si se acordaba de muchos que le rodearon y coincidieron conmigo. No sabía quién era, de dónde había salido, ni la cantidad de cafés que habíamos compartido pero era capaz de recordar los nueve dígitos de su teléfono. No encontraba el camino a casa pero tenía un proyecto en la cabeza. Me pregunté: “Estará haciendo teatro?” Pero tras segundos de reflexión, y ya a bastantes pasos de él, algo me iluminó y me di cuenta de que Manuel solo recordaba cosas negativas, personas negativas, situaciones negativas.

De todo ello, saqué algo positivo: No había olvidado el teatro y no me recordaba a mí. Y en medio de la tristeza, sonreí…

Hay historias que comienzan y terminan, otras que no consiguen arrancar y nunca llegan a tener ni siquiera un comienzo. Y, en alguna ocasión, la vida nos sorprende con una historia inexplicable, llena de casualidades e imposibles, de desencuentros, de momentos intensos y adioses inesperados. Una de esas historias sin comienzo ni final que viven para siempre en el recuerdo de sus protagonistas.

Es habitual que cada uno de nosotros cuando vemos una película (sea en el cine o en la vida real de otros) tendamos a pronunciar frases como “Buff, si me pasa eso a mí…” o “Eso a mí jamás me pasaría”, olvidando que la vida es tan caprichosa que todo puede sucedernos a cada uno de nosotros sin la más mínima explicación. Como muy bien decía el presentador de ese magnífico programa llamado “Documentos TV”: “Historias que suceden a gente como usted”.
Esta tarde, buscando entre mi colección de películas sin ver, saltó ante mis ojos una de esas que llevaba un año esperando ser vista. En un cine diseñado para dos, en su única butaca, instalé una sonrisa esperando pasar un buen rato con la típica película americana, con guión predecible y final feliz. Y me sorprendí. No porque vaya a pasar a la historia del cine por su calidad sino como ejemplo de que la realidad, en muchas ocasiones, puede llegar a superar a la ficción. Me levanté con la sensación de haberla escrito y, en medio de una graciosa mueca, cogí mi compañera de asfalto e hice 62 Km de sonrisas.

Dichas sonrisas tienen varios motivos:
– Hace años, una compañera de trabajo todas las mañanas me decía que yo le recordaba a John Cusack. Cuando vi que él era el protagonista recordé aquello que me habían dicho tiempo atrás sin darle mayor importancia pero riéndome con la casualidad.
– Mis sorpresas comienzan cuando él le cuenta la historia de Casiopea. Casiopea es mi constelación favorita, de hecho aparece reflejada en el post “La luz al final del túnel” de este blog.
– En mi único partido “oficial” como jugador de baloncesto en el que gané aquel concurso de triples que no olvidaré nunca (pues fue mi minuto de gloria en el deporte), el número que portaba en mi camiseta era el 23 (uno de mis números favoritos que siempre figuraba en todas mis apuestas de jugador de Primitiva); ese número es el que pulsan ambos en el ascensor del hotel.
– El número que aparece a la entrada del hotel es el 301, número de la habitación que uso siempre en el hotel en el que más horas paso.
– A la entrada de la consulta de ella, en la placa hay un 222; mi número de técnico de Comunicaciones en esos años de servicio a la Armada era el 221, y aquel gran tipo jerezano con el que compartía mis horas de estudio y tiempo libre, siempre me decía: “tu número tenía que ser el 222 pischa”.
– En una de mis visitas a ese lugar dónde un tiempo vivieron todos mis sueños, perdí un guante, casualmente también el izquierdo.
– Desde que uno deja atrás una de esas historias también sucede que comienzan a aparecer nombres y detalles que la recuerdan. Eso también me ocurrió.
– Y, por si fuera poco, ayer perdí el cargador de mi móvil y me dije “estoy haciéndome mayor”. Esta mañana, después de haber comprado otro, abriendo una de esas bolsas de comida de mamá… vi dentro de la nevera el cargador dentro de una de ellas como le ocurrió a la protagonista. ¿Algo más?.

Después de todo esto, uno se levanta pensando que el guionista le ha espiado, que la vida está llena de casualidades, de situaciones que no controlamos y que a veces ni siquiera somos conscientes de estar viviendo, de momentos únicos dignos del mejor guión jamás escrito, dignos de la más increíble de las historias. Se estira, piensa un segundo, y se siente afortunado de haberla vivido…

Y es que en la vida son muy pocos los pasos que se dan con seguridad. Nadie nos asegura que esa piedra del río no se balancee y nos tire. Debemos probar a apoyarnos en ella e improvisar el siguiente paso. Pocos son los que arriesgan de verdad, los que abandonan la piedra anterior de un salto e improvisan en el vacío la caída. La vida normalmente es un caos de emociones y situaciones que nos lleva como la corriente de un río. Un torrente de situaciones que nos arrastra, ¡eso, nos arrastra!, y pocas veces nos permite remar en la dirección que deseamos.Nos dejamos llevar, como el pato que se mueve con las ondas de la piedra arrojada al estanque. Pero eso es lo más grande de vivir, la improvisación, el intentar que esa improvisacion te haga feliz, te transporte a lo largo de los años, a traves del tiempo, navegando sin parar y dejando un surco de sonrisas… La vida es maravillosa, y puede seguir siéndolo todos y cada uno de los días que nos regala un amanecer.

“Jonathan Trager, el destacado productor de la E.S.P.N., murió anoche a causa de las complicaciones surgidos al perder a su alma gemela y a su prometida. Tenía 35 años. De voz suave y obsesivo, Trager nunca tuvo el aspecto de un romántico pero, durante los últimos días de su vida, desveló una parte desconocida de su mente. Esa persona oculta, casi chunguiana, emergió durante la búsqueda en plan Agatha Christie de su ansiada alma gemela. Una mujer con la que solo pasó unas pocas horas preciosas. Tristemente, la prolongada investigación terminó la noche del sábado en un completo y absoluto fracaso. Pero, a pesar de la amarga derrota, el valiente Trager seguía aferrado a la creencia de que la vida no es meramente una serie de accidentes o coincidencias sin sentido, nah! nah!, sino más bien un tapíz de acontecimientos que culminan con un plan exquisito y sublime.
Cuando le preguntaron sobre la pérdida de su amigo, Dean Kansky, ganador de un premio Putlizer y Director Ejecutivo del New York Times, describió a Jonathan como un hombre nuevo los últimos días de su vida. Veía las cosas más claras, observó Kansky. Al final Jonathan concluyó que, para poder vivir en armonía con el universo, todos nosotros debemos poseer una poderosa fe en lo que los antiguos llamaban Fato, lo que comúnmente calificamos como: Destino”.

*SERENDIPITY: Accidente afortunado.

A veces el camino más largo es la distancia entre dos personas…

Las historias que no pueden ser… no son, y las que pueden ser… tienen toda la vida para serlo…

Hoteles de la soledad…

Me sorprenden cada vez más los dependientes de afecto. Peligrosos e incoherentes seres que deambulan buscando siempre sangre que chupar. Inconscientes del daño que provocan, su única meta es estar bien. Ellos jamás piensan más allá. Para ellos, todo lo que quieren debe estar a su lado, lo que necesitan siempre a mano, y lo que les obliga a apostar sin éxito asegurado… apartado. Aquello que les descoloca, al otro lado. Jamás toman decisiones sin tener algo seguro. Buscan siempre un culpable a su propio vacío. Nunca arriesgan. Siempre mienten para proteger el proceso. Pequeños jueces de su propio juicio. Increíblemente cobardes, sus impulsos martillean corazones dejando un reguero de cristales rotos y sangre en el camino. Auténticos caballos de Atila. Su gran equipaje: el sufrimiento a su paso. Medio tristes, medio orgullosos de él, viajan siempre entre el inconformismo y la nostalgia. Conscientes de sus errores, buscan seguridad en todo aquello que deciden. Jamás abandonan lo que tienen por miedo a fallar. Pequeños tarzanes del amor, nunca sueltan una liana sin tener otra. Les horroriza el abandono porque, en el fondo, siempre se sienten solos. Son así, sin más, tan complejos que terminan por ser decepcionantemente simples. Seres cuya única ruta es ese peligroso camino de la popularidad que conduce al olvido. Egos que viven de estar presentes y sentirse importantes en todas partes. Auténticos hoteles de la soledad…

Vale la pena…

Era un día de frío aquel en el que te fuiste, aunque el calor me quemaba la piel. Las cosas empezaban a ponerse feas y mi cara dibujaba el rostro de la preocupación. Pasaron muchas cosas en tu ausencia, cosas que posiblemente nunca podré describir con la exactitud que todas y cada una de ellas merece. También hubo momentos extraordinariamente normales, dada la situación. Y otros tremendamente complejos, increíblemente emocionantes. Mi mente albergó tu ausencia durante apenas unos días. No hubo tiempo para más. Todo se vino encima. Rápido. Fugaz.

Fue un otoño confuso, precioso, con las hojas cayendo y el corazón latiendo a mil. Un otoño de vientos huracanados, de lluvia intensa, de conversaciones secretas, de espías y duendes, de risas y nervios, de esperanzas y huellas… de dedos caminando con miedo, de labios besando en la oscuridad. Un otoño aquel muy parecido a éste en cuanto a clima, muy distinto en cuanto a ambiente.

Todo fue muy rápido, demasiado como para frenarlo, también para asimilarlo. Todo fue confuso, todo oscuro. Solo el calor de la esperanza abrigó nuestras vidas. Sólo el creer en la posibilidad de un día normal, alentó nuestro esfuerzo.

No estuvimos solos, nunca podremos decir eso. Hubo gente que en silencio no dejaba de susurrarnos. Cientos de palabras al oído que se creían con mucha menos fuerza de la que infundían. Abrazos mudos de complicidad, acaso llenos de dudas pero al fin y al cabo… ABRAZOS!.

Llegó el día y temblamos. Recorrí decenas de kilómetros con la sensación de dejar atrás el más importante equipaje. Llegué. Nos miramos apenas un segundo y en un gran abrazo pensamos: lo hemos intentado. Alrededor habíamos dejado muchas cosas de lado. Historias que con el tiempo nos abandonaron. Nunca podremos reprochárselo. Sólo desearle lo mejor aunque el egoísmo y el miedo hayan soplado las velas de su nuevo barco. Nada que objetar pero… los barcos de verdad se proyectan como una única idea y se construyen en astilleros vacíos. Mientras, a golpe de silencio, la difícil labor de achicar litros de ausencia de la bodega de un tocado navío nos unía en un nuevo reto.

Todo comenzó a tener sentido de nuevo al calor del verano. La piel se tornaba oscura maquillando el blanco de la palidez de un invierno tenebroso y duro. Las sonrisas regresaron con la sinceridad del que sonríe poco a poco pero de verdad. Como un niño. Sonrisas de medio lado, imperfectas, discontinuas pero… sonrisas al fin y al cabo.

El verano consumía sus últimos días y el calor de una felicitación me devolvía la sonrisa. Era un día agradable aquel en el que apareciste, aunque la humedad me calara los huesos. Un día especial para mí que tú hiciste inolvidable. No me temblaba la voz a pesar del momento. Sabía que algún día seríamos amigos. Fue un placer oirte de nuevo, oir tu voz, tus buenos deseos, tu optimismo… Era el momento ideal, nunca hubiera diseñado uno mejor.

Apareciste como la casualidad menos casual. Como el pájaro más lento y seguro. Como esa paloma con mensaje y laurel. Apareciste entre la neblizna que produce la soledad del que combate solo en su propia guerra. Apareciste sin armas, solo con tu verdad…

Todo ha sido diferente gracias a ti, a tu franqueza, a tu honestidad. Una verdad cuesta moverla una vida, una mentira vuela con el soplido de un niño. Nunca podré reprocharte tu huída porque nunca podré agradecerte que hayas venido. Me haces sentir bien. No necesito más.

Uno sabe en la vida cuando luchar por los sueños, cuando dejarlos ir y cuando esperarlos. También aprende como digerir lo nublado y entender al sol. Muchas veces no escapamos de la oscuridad porque no nos moleste la luz. La luz con frecuencia deja al descubierto nuestros defectos pero la sombra desnuda nuestros límites. No quiero saber qué se oculta detrás de esta cortina. No me importa, no lo pretendo. No hay nada más grande que esto, ni sonrisa más sincera. Que nadie nos mueva de dónde estamos porque estamos bien y estamos cerca.

Gracias a quién te puso en mi camino, a quién te impulsó a volver, a quién nos dio este espacio, a quién me sujetó en la espera. Gracias, porque ha valido la pena…

El puzzle de las ideas.

Miles de fichas extendidas por la mesa, cientos de colores sin una señal concreta, todo es confusión en su juego del amor. Se pregunta por dónde empezar y sus manos aciertan a unir dos, luego cuatro, dieciseis, sesenta y ocho, ciento setenta y tres (…). El cansancio le obliga a apartarse del tablero y sus ojos dibujan al fin, la primera imagen clara de todo ese enorme puzzle que un día, hace tiempo, le regalaron y nunca se atrevió a construir.

Llevaba meses vagando entre aceras de sonrisas y calles de angustia. Necesitaba darle sentido a todo y descifrar sus sentidos también… Necesitaba a su lado al aire, y unos pulmones nuevos, y tranquilidad, y…

Pasaron muchas noches y cada una de ellas el puzzle se hacía más grande y menos complicado. Se había planteado el reto de colocar, al menos, una pieza cada día. Todo encajaba hasta que una noche, se disponía a tirar la caja y vio como tres fichas se caían de ella. Él, que había calculado los huecos y creía tenerlo todo en orden, vio como todo se desordenaba de repente. Nada acababa de tener sentido. Los colores, más que orientar, le despistaban. Esas tres nuevas fichas no completaban, confundían. Su puzzle era un diván que invitaba a descansar, a dejarlo por un tiempo.

Una noche, frente a él, pensó que lo más grande de un puzzle es que no caben trucos ni trampas. Cada ficha tiene su lugar, ése y no otro. Sabía que lo intentara como lo intentara ninguna de ellas cabría en ninguna parte más porque ésa era la suya, su casa. Pensó también que tal vez él había sido durante un tiempo la ficha de algún puzzle que, al igual que él, alguien intentaba construir.

Después de un paseo por el universo de los pensamientos, regresó al tablero su atención y, como un golpe de fortuna, consiguió unir tres fichas seguidas, ésas que llevaban tanto tiempo al margen y no encontraba su lugar.

Se levantó, puso sus manos sobre las caderas, y como si estuviera en lo alto de una enorme montaña, miró con satisfacción el paisaje que podía observar sobre su mesa. Estaba satisfecho. Una enorme sonrisa de niño delineaba la sombra de su lámpara. Había dado un paso adelante. No había terminado pero era como encontrar el puente para salir de la selva y cruzar a campo abierto atravesando el ancho río. Todo tenía sentido ya. No era tan difícil pensó. La maleza, los arbustos, eran verdes, todas las fichas verdes. El cielo, el río, todas las fichas azules. El sol, los girasoles, eran las amarillas, todas las amarillas. Era una cuestión de observar lo general y no obsesionarse con los detalles. Solo eso. Lentamente se apartó de la mesa, se tumbó sobre su cama pensativo y, con una enorme sonrisa, se durmió.

Nosotros somos, en ocasiones, como ese puzzle. Incapaces de encontrar nuestro lugar, nos empeñamos en colocar fichas sólo porque no haya huecos, sólo porque el vacío no nos asuste y el silencio no llegue a preocuparnos. Olvidamos que un día, cualquiera, encontramos esa ficha, ÉSA Y NO OTRA, que da sentido a todo ese barullo de ideas y cábalas que diseñamos con nuestros pensamientos. En momentos esa ficha es una palabra, en otros un encuentro casual, a veces una simple sonrisa…

Nada hay más reconfortante que una sonrisa al dormirte o al levantarte. Son esas sonrisas que te alegran el sueño o cualquier día. Sonrisas sinceras, sin motivo, sin nadie a tu lado que haga que rías, sino sonrisas que salen de ti sin saber el porqué.

Nada es verdad ni mentira, todo es verdad y mentira a la vez. Como esa luna que está y no se ve. Hoy, ella y yo, sabemos algo más acerca del puzzle de las ideas… sabemos que esta noche mi sonrisa es verdadera.

Buenas noches…
Felices sueños…
Magnífico despertar…

Podemos…

Todos buscamos el límite. Creemos que dando un paso más ya estaremos a salvo, que aguantando un día más ya habremos olvidado, que esquivando un ataque más seremos vencedores, olvidando que si pensamos un poco menos… estaremos a salvo. Que simple era y cuanto ha costado encontrarlo.

“No puedes en un solo día cambiar el desierto, pero puedes empezar haciendo un oasis”.

Y… sí podemos, ¡vaya si podemos!.