Me sorprenden cada vez más los dependientes de afecto. Peligrosos e incoherentes seres que deambulan buscando siempre sangre que chupar. Inconscientes del daño que provocan, su única meta es estar bien. Ellos jamás piensan más allá. Para ellos, todo lo que quieren debe estar a su lado, lo que necesitan siempre a mano, y lo que les obliga a apostar sin éxito asegurado… apartado. Aquello que les descoloca, al otro lado. Jamás toman decisiones sin tener algo seguro. Buscan siempre un culpable a su propio vacío. Nunca arriesgan. Siempre mienten para proteger el proceso. Pequeños jueces de su propio juicio. Increíblemente cobardes, sus impulsos martillean corazones dejando un reguero de cristales rotos y sangre en el camino. Auténticos caballos de Atila. Su gran equipaje: el sufrimiento a su paso. Medio tristes, medio orgullosos de él, viajan siempre entre el inconformismo y la nostalgia. Conscientes de sus errores, buscan seguridad en todo aquello que deciden. Jamás abandonan lo que tienen por miedo a fallar. Pequeños tarzanes del amor, nunca sueltan una liana sin tener otra. Les horroriza el abandono porque, en el fondo, siempre se sienten solos. Son así, sin más, tan complejos que terminan por ser decepcionantemente simples. Seres cuya única ruta es ese peligroso camino de la popularidad que conduce al olvido. Egos que viven de estar presentes y sentirse importantes en todas partes. Auténticos hoteles de la soledad…
Sempre tan certeiro nas túas reflexións, Guido.
Pero o que a min me sorprende é que aínda este tipo de persoas, tan aparentemente cheas de amizades e con vidas tan intensas pero tan soas realmente, te sigan a sorprender.
En fin, iso é bo! Indica que non perdeches a capacidade de vivir.
Un beixo grande.
Por certo, que palabra tan difícil “decepcionantemente”! Non me dera conta ata hoxe.